sábado, 30 de agosto de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
Ucronia de Manolete. Antonio Burgos
El caballo de bronce galopa en las Tendillas, que Gonzalo de Córdoba la cabeza ha perdido por una piconera de Romero de Torres y le han puesto una falsa, de mármol, de un califa, califa detl toreo en la ciudad de Góngora. De un casino de tratos y sillones de mimbre, de medios de moriles y culto a don Heraclio, ha salido a la una, con su chaqueta blanca, aquel que fue califa y aún ocupa su trono. Ha leído el diario donde Bernier ponía sus columnas antiguas de fustes califales, ha pasado los ojos que tantos toros vieron por esos telegramas que hablan de Almería, dos orejas, aplausos, las ferias del verano.Ha salido a la calle con el viejo desprecio de aquel que mira al mundo por encima del hombro. "Don Manuel, buenas tardes", quizá le ha saludado, uno de Bujalance que quiere ser torero, mientras va, despacioso, el bastón en la mano por calles que no saben ni que fuera Califa. Es Córdoba y verano, reloj por seguiriyas, muchachos que se bañan desnudos en el río. Del casino de siempre ya sale Manolete, olvidado, arrastrando sus pies por las aceras. Cual si fuera el estoque coge el puño de plata del bastón con que manda a este toro del tiempo
Manolete fue gente en esto del toreo, califa entre califas las crónicas decían. K-Hito, cuántos sobres, dejó su tauromaquia escrita en laconismo de parte de victoria. Tomó la alternativa al terminar la guerra. ¿Quién se la dio? ¿Chicuelo, quizá Queipo de Llano? No sabría decirlo, que no estoy muy seguro que no fuera testigo quizás Millán Astray. Torero de postguerras aquel Manuel Rodríguez. Divisiones azules de opinión de tendidos. Toreaba por alto y los brazos ponía como los falangistas cuando cantan el himno. Hierático, templado, dominó en el toreo, verticalismo puro, sindical, tan de Franco. Carteles mano a mano, Arruza, El Estudiante, Gitanillo y su arte, Luis Miguel señalando con su dedo de orgullo que no existen califas. Lo prefirió la gente a aquel Manuel Jiménez que inventó cómo un seise se abre de capote. Tuvo su pasodoble, cosa que no tenía ni Pepe Luis, que era la gracia toreando.
Este Manuel Rodríguez por las calles de Córdoba nos recuerda cortijos que en los lomos trajeron cien mil toros, salieron rodando con su espada. Los toros que quedaron en campos salmantinos salvados de peroles de ranchos milicianos. Torero de una España victoriosa, cautivos todos los enemigos que la Patria tenía. Corridas patrióticas, carteles con colores de banderas del Eje, brindando al Conde Ciano. Balañá, toros chicos, Matías Prats transmitiendo una manoletina igual que un gol de Zarra, y Camará firmando contratos imperiales en la España del cupo que dan esta semana del arroz racionado, las cartillas del hambre, los hoteles de lujo, coches de estraperlistas a los que llaman "haigas", carreteras de noche, este año cien corridas, y después lo de Méjico.
Se retiró del toro de amor por Lupe Sino, una mata de pelo, un perfume, una llave que abre discretamente la noche en los hoteles. Una boda oportuna, dicen sus enemigos, que hasta los victoriosos generales de África no escapan a las jachas, la lengua de la gente. Una boda oportuna, que vienen arreando un Manolo González con padre fusilado, Antonio Bienvenida, aún Domingo Ortega, y el hijo, tan torero, del Niño de la Palma. Volvió, mas fue muy breve aquella temporada. Eran otros los tiempos, de Pedrés y Chamaco. Retirado en sus campos ahora pasa los días. Si acaso, de mañana, se llega hasta el casino. Ya murió Lupe Sino, ya murió Doña Angustias. Tiene muchos cortijos por la parte de Palma, acciones en un banco, negocios del aceite, y ha comprado lo menos tres bodegas en Rute.
Tuvo muchas cornadas, como aquella en Linares. Lo salvaron las manos de Giménez Guinea y el plasma que trajeron de la explosión de Cádiz. Ninguna fue tan grave como ésta que lleva por Gondomar arriba, saliendo del casino. A sus ochenta años, encorvada la espalda, yo he visto a aquel califa por las calles de Córdoba. Va los pies arrastrando. Con su bastón de plata, Manolete resiste la cornada del tiempo...
miércoles, 20 de agosto de 2014
San Bernardo y aita
La visión de San Bernardo
Pietro Perugino, 1488
Pietro Perugino, 1488
alte Pinakothet, Múnich
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado por esa confianza a Vos también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis, oh Madre de Dios, mis humildes súplicas, antes bien escuchadlas y acogedlas benignamente. Aménsábado, 16 de agosto de 2014
lunes, 5 de mayo de 2014
La importancia de la ética personal contra la corrupción. Salvador Bernal
El futuro depende del avance en la ética personal, vía de solución radical para este tipo de problemas
A comienzos de mes, la Comisión europea, de acuerdo con el plan aprobado en 2011 de publicar cada dos años informes sobre la corrupción en la UE, difundió un estudio en términos francamente alarmantes. Me recordó un asunto pendiente: hacerme con el Real Decreto de 13 de febrero de 1867, que prohibió expresamente las recomendaciones en la Administración pública.
La antigüedad del texto me lleva a pensar en la escasa eficiencia de la organización y de las reformas legales para avanzar en este campo. Basta recordar que se han difundido en los últimos años estudios y medidas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la ONU (a partir de la convención contra la corrupción multilateral, UNCAC), y el Consejo de Europa (GRECO: Grupo de Estados contra la Corrupción).
Así lo confirmo −no por pesimismo− con las medidas adoptadas en España en este tiempo, incluida la creación de una fiscalía especial. Aunque, en realidad, no es fácil saber −tan penosamente lenta resulta la administración de justicia− si han aumentado o no los delitos tipificados en las leyes penales. Sí ha crecido, y no sin frecuentes desmesuras antijurídicas, la abundancia de información sobre hechos supuestamente condenables: salen día sí y día no en los medios, mientras trascurren meses y años de “instrucción”, sin sentencia judicial que anule la presunción de inocencia.
De hecho, en la opinión pública medida por el CIS −siempre con la duda de posibles injerencias en el trabajo de un organismo de titularidad pública tal vez innecesaria−, la corrupción es el segundo motivo de preocupación de los españoles; los políticos y los partidos aparecen en cuarta posición en el ranking, con tendencia al alza.
El informe de Bruselas, que se suma a los hasta ahora más conocidos −y quizá más elaborados− de la ONG Transparency International, no beneficia mucho a España. Deja un mensaje de fondo peligroso: “la corrupción sería un mal europeo”, que cuesta a la UE más de 120 billones de euros al año; ninguno de los 28 miembros de la Unión está a salvo del fenómeno, aunque varíe de un país a otro. De todos modos, es preciso poner en cuarentena datos de estas encuestas: contrasta la percepción global de la existencia de comportamientos corruptos, con el exiguo porcentaje −2%− de personas consultadas que reconocen haber tenido que enfrentarse con casos concretos de corrupción
Según un Eurobarómetro realizado a comienzos de 2013, el 56% de los ciudadanos de la UE piensa que la corrupción ha aumentado en los últimos años, y el 81% denuncia la existencia de vínculos demasiado estrechos entre políticos y dirigentes económicos. Desde el punto de vista de las empresas, el 75% de sus ejecutivos estiman que afecta a su propio país. “La corrupción socava la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas y en el Estado de Derecho, daña la economía, y priva a los gobiernos de ingresos que necesitan desesperadamente”, lamentó Cecilia Malmström, Comisaria europea de asuntos interiores.
Lo difícil es modificar la tendencia. Ante las abundantes tentaciones derivadas del exceso de intervencionismo y gasto públicos −licencias, subvenciones, infraestructuras, servicios− forzoso es reconocer que la ética pública no avanzará por decreto, ni mediante la tipificación de nuevos delitos. Pero el ordenamiento jurídico puede contribuir a limitar esas tentaciones: por ejemplo, una regulación seria de las incompatibilidades, frente al tráfico de influencias; la supresión o limitación de inmunidades parlamentarias y fueros especiales; la revisión a fondo de las consecuencias de no cumplir las normas sobre financiación de partidos y sindicatos −incluidas campañas electorales, y fundaciones y asociaciones anexas−, más allá de las recomendaciones del Tribunal de Cuentas; los criterios de selección para ocupar cargos públicos; los requisitos de la contratación pública en las escalas estatal, regional y local, más aún en la actual coyuntura, en la que desciende la actividad.
No iría mal reducir las ocasiones de beneficiarse o beneficiar a los próximos con dinero público o de grandes corporaciones. Pero el futuro depende del avance en la ética personal, vía de solución radical para este tipo de problemas. Puede aprenderse en la escuela y en la familia, pero exige un cambio radical de ambiente, para que el cumplidor no sea despreciado como tonto o, peor aún, como puritano. Y, en el plano teológico, sería quizá preciso archivar teorías como la de las leyes meramente penales, quizá tan dañina en la práctica como el uso alternativo del derecho.
Salvador Bernal
domingo, 4 de mayo de 2014
martes, 22 de abril de 2014
Búcaro para Lebrija. Antonio Burgos
Morirse en Semana Santa es una forma de alcanzar la inmortalidad en Sevilla: nadie se entera y creemos que el difunto aún está vivo. Hasta que un día alguien te saca de la vida su recuerdo: "¿Ah, pero no te enteraste que se murió? Sí, hombre, el año pasado, por Semana Santa..." Así se ha muerto, en el doble olvido de los días del gozo, el que durante cincuenta temporadas, hasta 2002, fue el puntillero de la Plaza de Toros de Sevilla. La esquela venía uno de esos días en que leemos el ABC muy de prisa y le arrancamos corriendo la hoja del cuadrante con el Programa de las Cofradías para echarla al bolsillo y consultarla por la tarde. Supe que era el puntillero de tantos años porque debajo de su nombre, José Muñoz Falcón, ponía su glorioso apodo artístico, el de una dinastía de cacheteros: "Lebrija".
Lebrija era un personaje muy representativo del ser sevillano. De la verdad de una Sevilla nada jacarandosa, que es la honda Sevilla de las jacarandas que pronto empezarán a florecer. Lebrija era la antítesis del sevillano simpático profesional con módulos aprobados. Tomo prestado del gran Manuel Ramírez el retrato de palabras que le hizo en sus años de plenitud, cuando Canorea aún no lo había puesto de patitas en la calle Adriano sin la menor explicación y sin contemplaciones: «Es seco en el carácter, recio, de pocas pero muy directas palabras, sin el mínimo adorno, al grano, sin importarle tampoco qué se pueda pensar o decir de él; se viste de luces, sale a la plaza, ocupa su lugar, tan sólo se le ve cuando ha doblado el bicho y él pega el cachetazo mientras el tendido asiente y confía en su ¿habilidad?, ¿seguridad?, ¿oficio?, ¿arte? De todo, quizás, un poco tiene José Muñoz Falcón "Lebrija"».
Quizá por ser así y por haberlo despedido una cuña de su misma madera, guassssa, ayer no se escucharon en la plaza del Arenal esos cascabeles de las mulas que suenan, funerales y solemnes, cuando la banda para de tocar "Plaza de la Maestranza", el paseíllo de los toreros se detiene en la segunda raya ante el Palco del Príncipe, se desmonteran, la gente se pone de pie y se guarda un minuto de silencio por la muerte de un matador, de un banderillero, de un ganadero, de un trozo de Sevilla o de España. Minuto de silencio como de salida del Baratillo por la estrecha puerta, sólo roto por el emocionante cascabeleo de los dos tiros de mulas y el sonoro vuelo de los vencejos que debutan con caballos. Y como, además, en el toreo de Sevilla se está perdiendo el paladar, no he leído ni un mal padrenuestro en forma de obituario periodístico por este torero. Sí, Lebrija era torero del cachete, en esta Fiesta a la que los mismos de dentro le están dando la puntilla. Hasta el rabo todo es toro y hasta el puntillazo todo es lidia. Lebrija era un torero anónimo, goyesco quizá, solanesco, que se vestía en la misma plaza y que estaba allí, con las dos manos atrás cogiendo la puntilla, esperando el momento en que el toro doblara. Veo una vieja foto de Lebrija en esa postura y me recuerda otra de Belmonte así. Tenía tanto oficio que era capaz de asomarse a la boca de un burladero y descordar de un golpe certero a un toro de pañuelo verde que no había forma de devolver con los cabestros. Así apuntilló un toro que se dejó ir vivo Rafael de Paula. Con tanto arte, que hasta tuvo que dar la vuelta al ruedo. Claro que aquella tarde el presidente era el muy currista don Tomás León y había entonces sensibilidad para valorar estos pequeños grandes detalles del toreo.
Yo que de niño vi apuntillar toros a aquel Lebrija Padre que no vestía de luces, sino con una larga blusa blanca y un manguito de hule en la derecha para la sangre de los morrillos. Yo que supe que un novillo de Diego Garrido mató en la plaza de Alcalá de los Panaderos a Manuel, un hermano de José que continuaba la dinastía, me voy ahora a la memoria de la plaza y de junto a un esportón de capotes de su admirado Pepe Luis, de su venerado Antonio Ordóñez, tomo un búcaro de cuadrilla y sobre su blanquecino barro escribo estas palabras en memoria de Lebrija, el más humilde de los toreros de Sevilla. Divino barro de creación de un búcaro de Lebrija para Lebrija.
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