sábado, 12 de abril de 2014

Ganas de Semana Santa. Antonio Burgos

Gracias, lluvia que no has dejado que en los últimos años llegue El Cachorro ni a la Magdalena, y que has conseguido, puñetera, que se quede en su astillero de la calle Varflora el divino Barco del Carbón que lleva como mástil el madero redentor del Cristo de la Salud. Te doy las gracias, jodida lluvia, al tiempo que te deseo que este año te quedes en el anticiclón de las Azores con tus castas todas, y que le hagas caso a Maldonado, que es el que sabe en verdad que la lluvia en Sevilla nunca es una maravilla, y menos en estos Días del Gozo. No sé a quién se le ocurrió esa tontería de "la lluvia en Sevilla es una maravilla". Bueno, sí: al que tradujo al español el doblaje de "My Fair Lady", que se acordó de Sevilla para la versión de la frase «The rain in Spain stays mainly in the plain», que es una especie de trabalenguas para saber si se pronuncia bien el inglés. Donde "Spain" puso "Sevilla" y la rimó, claro, con maravilla. Menos mal que no tradujo "Spain" por "Logroño", porque ya pueden ustedes imaginarse con qué iba a rimar la lluvia el gachó.La lluvia en Sevilla nunca es una maravilla. Es un coñazo. Es cuando pasan los autobuses municipales por los semáforos pisando charcos adedre, a toda velocidad, para ponernos pingando de agua sucia a los que esperamos en el paso de peatones: "¡Toma, Moreno!". Es cuando las goteras. Una casa del casco antiguo que no tenga goteras cuando llueve, ni es casa, ni es del casco antiguo, ni es ná de ná. Es con la lluvia cuando el tráfico, ya de suyo espantoso, se pone imposible. Y si llueve en Semana Santa, es que ni te cuento. Con decirte que las leyendas lluviosas del Cristo de la Expiración superan ya a las del gitano del Zurraque cuya muerte en una reyerta inspiró a Ruiz Gijón... Y acabo de caer en la cuenta de otro dual de Sevilla, que esta vez no se lo brindo a Maese Riobles, sino al Rosco de Triana: ¿ha visto usted que el Cristo de la máxima Inspiración humana de un escultor es el divino Cristo de la Expiración?
Pero gracias a la lluvia, a lo que ha llovido en las últimas primaveras, los sevillanos tenemos hoy muchas más ganas de Semana Santa que en todos los Sábados de Pasión de años anteriores. La novelerìa de la Semana Santa sin lluvia. Otros años, tal día como hoy, estábamos hartos de oír a quienes nos decían:
-- ¿Pues sabes tú que este año no tengo yo muchas ganas de Semana Santa?
Este año sí hay ganas. Tela de ganas. Y mira que cae tarde el Domingo de Ramos y que las largas vísperas han sido Frikis hasta el hartazgo. El Lunes Santo es el 14 de abril, lagarto, lagarto. Tiene eso de bueno que el Tonto de la Bandera Republicana no creo yo que la saque con las cofradías en la calle. Y si la saca, nadie le va a echar cuenta. No creo que le pongan al puente más banderas que las de la gracia de las cuadrillas de costaleros del Arrabal:
Qué bonita está Triana:
San Gonzalo por el puente
camino de La Campana.
Tantas ganas de Semana Santa hay que le estoy temiendo al día de mañana, al Domingo de Ramos. Sevilla estrenará mañana, ojalá, Semana Santa sin lluvia. Y con ese estreno, tendrá manos. A manos llenas el sol, el buen tiempo, la plenitud de la primavera, la calor, esa calor de cofradía en la calle a las 4 de la tarde, ese paso largo de los misterios con los faldones arriba como respiradero inmenso... Con tantas ganas de Semana Santa, ¿se imaginan ustedes cuántos miles de cochecitos de niños chicos habrá mañana en las bullas del Domingo de Ramos? Benditos cochecitos de niños chicos, por cierto. Estos chavales de la chaquetita azul que verá usted mañana por toda Sevilla son los que hace quince años llevaban sus madres el Domingo de Ramos en un cochecito. Con el que, por cierto, nos pegó la señora tal cachiporrazo en todo el tobillo cuando estábamos viendo La Paz, que todavía estoy viendo las estrellas. Las Estrellas por el puente. Que es la forma más sevillana de ver las estrellas...

sábado, 5 de abril de 2014

Nunca terminare de amarte. Gloria Fuertes


Y de lo que me alegro,
es de que esta labor tan empezada,
este trajín humano de quererte,
no lo voy a acabar en esta vida;
nunca terminaré de amarte.
Guardo para el final las dos puntadas,
te-quiero, he de coser cuando me muera,
e iré donde me lleven tan tranquila,
me sentaré a la sombra con tus manos, 
y seguiré bordándote lo mismo.
El asombro de Dios seré, su orgullo, de verme tan constante en mi trabajo


La bordadora
Óleo de Renoir
Limoges, 1841


martes, 25 de marzo de 2014

La Anunciacion . Simone Martini. Siena, 1284

Tus cánticos,
risas y juegos
alegran las calles
Niña nazarena.
Joven elegida
creada sin mancha.
Belleza perfecta

Preparas un velo
en tono y bordado
purísima  y oro.
Con el cubrirás tu cabello
Para acudir a orar al templo
donde te anunciará 
Su llegada 

Sorprendida te sonrojas
y respondes con candor...
¡Hágase  mi señor!
Carita de dulce espera.
Contemplación perfecta.
Madre de Dios,
Madre nuestra

Tus cánticos,
risas y juegos
alegran las calles
Niña nazarena.

Begochu Ardanaz


lunes, 24 de marzo de 2014

La pobreza cristiana, dista mucho de la miseria. Salvador Bernal

La pobreza cristiana dista mucho de la miseria
El Papa se interroga sobre el significado de la invitación a la apobreza evangélica de San Pablo en nuestros días, y propone a los fieles “algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión”
Si algún concepto doctrinal resulta polisémico −con perdón por el término−, es el de pobreza. Lo he pensado tras leer el texto del mensaje papal para el tiempo de Cuaresma, que comienza con el Miércoles de Ceniza.
La verdad es que no extraña el paradójico título del documento: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Al cabo de un año de pontificado, las posibles sorpresas enlazan con la coherencia de la propia personalidad: se comprende que, de las muchas facetas que gravitan en este tiempo litúrgico, el papa haya elegido un tema, que procede de la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios; el apóstol los alienta a mostrar su generosidad ayudando a los hermanos de Jerusalén que están atravesando dificultades. Francisco se interroga sobre el significado de la invitación a la pobreza evangélica de San Pablo en nuestros días, y propone a los fieles “algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión”.
Al cabo, casi todo depende de la libertad. Cristo no era rico, en el sentido habitual del término; era infinitamente más: la segunda persona de la Trinidad omnipotente; pero se abajó, a través de la kénosis, asumiendo la estricta condición humana. Dentro de ésta, no eligió situaciones de poder o riqueza, sino las propias de una familia trabajadora y modesta en un rincón de Galilea. Allí comenzó la obra de la Redención, antes de consumarla en su vida pública y en la pasión, muerte y resurrección.
Ese abajamiento no se puede reducir a términos más o menos unívocos, como repiten quienes predican la pobreza con ocasión y sin ella, hasta lograr reacciones de hastío en sus oyentes. Porque −como puntualizó el Cardenal Robert Sarah en la presentación oficial del mensaje− “la visión cristiana de la pobreza no es la misma que rige el sentimiento común. Demasiado a menudo se considera la pobreza simplemente en su dimensión sociológica y se entiende como una falta de bienes. Por otra parte, se recurre a menudo al concepto de ‘Iglesia pobre para los pobres’ como una forma de contestación a la Iglesia, oponiendo a una Iglesia de los pobres, una Iglesia buena... a una Iglesia de la predicación y de la verdad, dedicada a la oración y a la defensa de la doctrina y de la moral.”
Francisco hace coincidir la pobreza en la que Jesús nos libera y nos enriquece, con su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano. ¿Cómo no recordar la fuerza con que Benedicto XVI escribía en Deus caritas est, 31 b), sobre esa gran parábola de Jesucristo?: “El programa del cristiano −el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús− es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.
La pobreza, más aún para personas laicas, nunca se reducirá a la mera renuncia. San Josemaría formuló un criterio paradigmático, justamente a propósito de las madres de familia en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 110ss. Me limito a citar unas frases: “Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos”.
Lo importante es hacer compatibles “dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real que se note y se toque −hecha de cosas concretas−, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades”.
El papa invita hoy a aliviar la miseria humana −material, moral, espiritual− con variedad de condiciones y exigencias. Entre tantas facetas, precisa: Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo”. Todo un programa para meditar y vivir durante la Cuaresma…, y siempre.
Salvador Bernal

sábado, 22 de marzo de 2014

Envejecimiento y discapacidad. Francisco

Envejecimiento y discapacidad
Mensaje del Santo Padre Francisco a los participantes en la Asamblea general de la Academia Pontificia para la Vida con motivo del 20 aniversario de esta institución
La Academia, que tiene por objetivo estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de la biomedicina y del derecho, relativos a la promoción y defensa de la vida −especialmente en la relación directa que tienen con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia− dedicó la asamblea al tema del “Envejecimiento y discapacidad”.
*
Al venerado hermano
Monseñor Carrasco de Paula
Presidente de la Academia pontificia para la vida
Le envío mi cordial saludo a usted, a los señores cardenales y a todos los participantes en la asamblea general de la Academia pontificia para la vida, en el vigésimo aniversario de su institución. En esta ocasión, nuestro pensamiento agradecido se dirige al beato Juan Pablo II, que instituyó dicha Academia, así como a los presidentes que han promovido su actividad y a todos los que, en todas partes del mundo, colaboran en su misión. La tarea específica de la Academia, expresada en el motu proprio Vitae mysterium, es «estudiar, informar y formar en lo que atañe a las principales cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor relación con la moral cristiana y las directrices del magisterio de la Iglesia» (n. 4). De este modo, os proponéis dar a conocer a los hombres de buena voluntad que ciencia y técnica, puestas al servicio de la persona humana y de sus derechos fundamentales, contribuyen al bien integral de la persona.
Los trabajos que realizáis durante estos días tienen por tema: «Envejecimiento y discapacidad». Es un tema de gran actualidad, que interesa mucho a la Iglesia. En efecto, en nuestras sociedades se observa el dominio tiránico de una lógica económica que excluye y a veces mata, y de la que hoy muchísimos son víctimas, comenzando por nuestros ancianos. «Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados” sino desechos, “sobrantes”» (Evangelii gaudium, 53). La situación socio-demográfica del envejecimiento nos muestra claramente esta exclusión de la persona anciana, especialmente si está enferma, con discapacidad, o es vulnerable por cualquier otro motivo. En efecto, se olvida con mucha frecuencia que las relaciones entre los hombres son siempre relaciones de dependencia recíproca, que se manifiesta con grados diversos durante la vida de una persona y emerge mayormente en las situaciones de ancianidad, de enfermedad, de discapacidad, de sufrimiento en general. Esto requiere que, tanto en las relaciones interpersonales como en las comunitarias, se ofrezca la ayuda indispensable para tratar de responder a la necesidad que tiene la persona en ese momento. Pero en la base de la discriminación y la exclusión hay una cuestión antropológica: cuánto vale el hombre y en qué se funda su valor. La salud es ciertamente un valor importante, pero no determina el valor de la persona. La salud, además, no es por sí garantía de felicidad. En efecto, esta puede experimentarse cuando se tiene una salud precaria. La plenitud a la que tiende toda vida humana no está en contradicción con una condición de enfermedad o de sufrimiento. Por lo tanto, la falta de salud o la discapacidad no son nunca una buena razón para excluir o, peor aún, para eliminar a una persona; y la privación más grave que sufren las personas ancianas no es el debilitamiento del organismo y la discapacidad que deriva de ello, sino el abandono, la exclusión, la privación del amor.
Maestra de acogida y solidaridad es, en cambio, la familia: precisamente en el seno de la familia la educación se inspira de manera esencial en las relaciones de solidaridad; en la familia se puede aprender que la pérdida de la salud no es una razón para discriminar algunas vidas humanas; la familia enseña a no caer en el individualismo y a equilibrar el yo con el nosotros.
Es en ella donde «cuidar» se convierte en un fundamento de la existencia humana y en una actitud moral que se debe promover a través de los valores del compromiso y de la solidaridad. El testimonio de la familia llega a ser crucial frente a toda la sociedad para confirmar la importancia de la persona anciana como sujeto de una comunidad que tiene una misión que cumplir y que sólo aparentemente recibe sin ofrecer nada. «Cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado» (ib., n. 108).
Una sociedad es verdaderamente acogedora de la vida cuando reconoce que ella es valiosa también en la ancianidad, en la discapacidad, en la enfermedad grave e, incluso, cuando se está extinguiendo; cuando enseña que la llamada a la realización humana no excluye el sufrimiento, más aún, enseña a ver en la persona enferma un don para toda la comunidad, una presencia que llama a la solidaridad y a la responsabilidad. Este es el evangelio de la vida que, a través de vuestra competencia científica y profesional, y apoyados por la gracia, estáis llamados a anunciar.
Queridos amigos, bendigo el trabajo de la Academia para la vida, a menudo arduo porque requiere ir a contracorriente, pero siempre valioso porque presta atención a conjugar rigor científico y respeto por la persona humana. Esto es lo que he podido constatar conociendo vuestras actividades y publicaciones, y este mismo espíritu deseo que os anime en el futuro de vuestro servicio a la Iglesia y a toda la familia humana. Que el Señor os bendiga y la Virgen os proteja siempre.
Vaticano, 19 de febrero de 2014
Francisco