domingo, 28 de septiembre de 2014

Homilia de la Misa de beatificacion

Opus Dei - 27 de septiembre: homilía de la Misa de beatificación
1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia»[1]. Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del Beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas[2].
El nuevo Beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí»[3]. Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia»[4].
La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas –también aquellas más arduas como las persecuciones– no son sino un himno a la alegría.
2. Son muchas las virtudes –como la fe, la esperanza y la caridad– que el Beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo Fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.
Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era un «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...»[5].
Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.
3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.
Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al Magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de San Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del Apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.
Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los Santos nutrían su vida espiritual. Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.
4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 (veintiún) años, en 1935 (mil novecientos treinta y cinco), después de encontrar a San Josemaría Escrivá de Balaguer –que entonces era un joven sacerdote de 33 (treinta y tres) años–, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.
Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de Prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.
Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El Beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo –bonus odor Christi[6], que es el aroma de la auténtica santidad.
5. Sin embargo, hay una virtud que Monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón[7]. Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma. A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque –así se lo comentó– se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el Beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación[8]. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.
Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir[9]. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor. A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «sin humildad, no hay virtud que lo sea»[10]. Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies»[11]; no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.
Para él, como para San Agustín, la humildad era el hogar de la caridad[12]. Repetía un consejo que solía dar el Fundador del Opus Dei, citando unas palabras de San José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde»[13]. Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona”[14].
Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes. Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el proprio yo que está costantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente»[15].
Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «la humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas»[16]. La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del Fundador: «el que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor»[17].
Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de San Benito o en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al Beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.
6. Se pueden aplicar al Beato las palabras que el Cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del Fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad»[18].
Este es el mensaje que nos entrega hoy el Beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia»[19]. Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.
La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.
Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.
Que María Auxiliadora de los Cristianos y Madre de los Santos, nos ayude y nos proteja.
Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros.Amén.



Carta del Papa Francisco con motivo de la Beatificación

Querido hermano:
La beatificación del siervo de Dios Álvaro del Portillo, colaborador fiel y primer sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, representa un momento de especial alegría para todos los fieles de esa Prelatura, así como también para ti, que durante tanto tiempo fuiste testigo de su amor a Dios y a los demás, de su fidelidad a la Iglesia y a su vocación. También yo deseo unirme a vuestra alegría y dar gracias a Dios que embellece el rostro de la Iglesia con la santidad de sus hijos.
Su beatificación tendrá lugar en Madrid, la ciudad en la que nació y en la que transcurrió su infancia y juventud, con una existencia forjada en la sencillez de la vida familiar, en la amistad y el servicio a los demás, como cuando iba a los barrios para ayudar en la formación humana y cristiana de tantas personas necesitadas. Y allí tuvo lugar sobre todo el acontecimiento que selló definitivamente el rumbo de su vida: el encuentro con san Josemaría Escrivá, de quien aprendió a enamorarse cada día más de Cristo. Sí, enamorarse de Cristo. Éste es el camino de santidad que ha de recorrer todo cristiano: dejarse amar por el Señor, abrir el corazón a su amor y permitir que sea él el que guíe nuestra vida.
Me gusta recordar la jaculatoria que el siervo de Dios solía repetir con frecuencia, especialmente en las celebraciones y aniversarios personales: «¡gracias, perdón, ayúdame más!». Son palabras que nos acercan a la realidad de su vida interior y su trato con el Señor, y que pueden ayudarnos también a nosotros a dar un nuevo impulso a nuestra propia vida cristiana.
En primer lugar, gracias. Es la reacción inmediata y espontánea que siente el alma frente a la bondad de Dios. No puede ser de otra manera. Él siempre nos precede. Por mucho que nos esforcemos, su amor siempre llega antes, nos toca y acaricia primero, nos primerea. Álvaro del Portillo era consciente de los muchos dones que Dios le había concedido, y daba gracias a Dios por esa manifestación de amor paterno. Pero no se quedó ahí; el reconocimiento del amor del Señor despertó en su corazón deseos de seguirlo con mayor entrega y generosidad, y a vivir una vida de humilde servicio a los demás. Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera.
Perdón. A menudo confesaba que se veía delante de Dios con las manos vacías, incapaz de responder a tanta generosidad. Pero la confesión de la pobreza humana no es fruto de la desesperanza, sino de un confiado abandono en Dios que es Padre. Es abrirse a su misericordia, a su amor capaz de regenerar nuestra vida. Un amor que no humilla, ni hunde en el abismo de la culpa, sino que nos abraza, nos levanta de nuestra postración y nos hace caminar con más determinación y alegría. El siervo de Dios Álvaro sabía de la necesidad que tenemos de la misericordia divina y dedicó muchas energías personales para animar a las personas que trataba a acercarse al sacramento de la confesión, sacramento de la alegría. Qué importante es sentir la ternura del amor de Dios y descubrir que aún hay tiempo para amar.
Ayúdame más. Sí, el Señor no nos abandona nunca, siempre está a nuestro lado, camina con nosotros y cada día espera de nosotros un nuevo amor. Su gracia no nos faltará, y con su ayuda podemos llevar su nombre a todo el mundo. En el corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres. La primera condición para anunciarles a Cristo es amarlos, porque Cristo ya los ama antes. Hay que salir de nuestros egoísmos y comodidades e ir al encuentro de nuestros hermanos. Allí nos espera el Señor. No podemos quedarnos con la fe para nosotros mismos, es un don que hemos recibido para donarlo y compartirlo con los demás.
¡Gracias, perdón, ayúdame! En estas palabras se expresa la tensión de una existencia centrada en Dios. De alguien que ha sido tocado por el Amor más grande y vive totalmente de ese amor. De alguien que, aun experimentando sus flaquezas y límites humanos, confía en la misericordia del Señor y quiere que todos los hombres, sus hermanos, la experimenten también.
Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que siempre está a nuestro lado. Nos anima a no tener miedo de ir a contracorriente y de sufrir por anunciar el Evangelio. Nos enseña además que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida podemos encontrar un camino seguro de santidad.
Pido, por favor, a todos los fieles de la Prelatura, sacerdotes y laicos, así como a todos los que participan en sus actividades, que recen por mí, a la vez que les imparto la Bendición Apostólica.
Que Jesús los bendiga y que la Virgen Santa los cuide.
Fraternalmente,
Franciscus

    Valdebebas hace 50 años y ayer

    miércoles, 17 de septiembre de 2014

    La Iglesia en China y Hong Kong - Salvador Bernal

    La Iglesia en China y Hong Kong
    Me parece importante no olvidar la situación en que los cristianos, y especialmente los católicos, viven actualmente en China y en Vietnam, como consecuencia del comunismo, el otro gran totalitarismo del siglo XX
    Se ha escrito estos últimos días sobre el nombramiento de obispos auxiliares de Hong Kong. Han sido los primeros desde la retrocesión de la antigua colonia británica. Y todo indica que se trata de una media preventiva, para asegurar la libertad en una coyuntura histórica en que Pekín pone entre paréntesis sus compromisos sobre el futuro de la isla.
    No está de más quizá recordar los datos de hecho: tres nuevos obispos auxiliares fueron ordenados para la diócesis de Hong Kong, el sábado 30 de agosto, en presencia de 2000 fieles. Se trata de Michael Yeung Ming-Cheung, el vicario general de la diócesis; Stephen Lee Bun Sang, hasta ahora vicario del Opus Dei para Asia Oriental; y Joseph Ha Chi-Shing, antiguo superior de la orden franciscana en Hong Kong, Son las primeras ordenaciones desde el traspaso del territorio a China en 1997. Hong Kong y Macao son los únicos territorios de China en que no está limitada la comunión de la jerarquía eclesiástica católica con Roma.
    Tal vez lo importante es que este evento coincide con un momento histórico delicado, en que Pekín trata de reconducir los afanes de democratización presentes en la población de la antigua colonia británica. En un contexto de reducción de las libertades civiles, se comprende la importancia de la decisión romana.
    En las negociaciones para la retrocesión entre Margaret Thatcher y Deng Xiaoping, se concordó el criterio del sufragio universal para el nombramiento del jefe del ejecutivo de la región administrativa especial de Hong Kong. El reciente documento aprobado en Pekín significa la negación del espíritu de aquellas negociaciones. Se comprende, aunque no se comparta en modo alguno, que Pekín traicione sus promesas: una elección popular del poder ejecutivo en la isla sería demasiado para la China de Xi Jinping, que no deja espacio a ningún tipo de disidencia.
    Desde Roma, como es sabido, se intenta por todos los medios, lograr una cierta pacificación, habida cuenta de que la jerarquía de la llamada iglesia patriótica acepta de hecho la comunión con el Papa. Así se comprobó con el nombramiento del obispo auxiliar de Shanghai, elegido entre sacerdotes teóricamente gubernamentales: desde su consagración, renunció a todo tipo de connivencia, y esa decisión le costó la confinación en la sede del seminario local, sin posibilidad de una acción pastoral directa, a pesar de la avanzada edad del obispo diocesano, que moriría poco después.
    Traigo estas noticias, con el correspondiente problema, en un momento en que la atención se refleja justamente en la persecución de los cristianos por parte de los yihadistas en diversos lugares de Oriente Medio. Pero me parece importante no olvidar la situación en que los cristianos, y especialmente los católicos, viven actualmente en China y en Vietnam, como consecuencia del comunismo, el otro gran totalitarismo del siglo XX. A pesar de matices y condicionamientos en el plano económico y financiero, la situación real de los creyentes dista mucho de lo deseable en términos de libertades básicas. Y nunca se insistirá bastante en que no se trata de derechos humanos occidentales: aunque hayan nacido en esta parte del mundo, constituyen un elemento fundamental de la dignidad de toda persona.
    Salvador Bernal

    sábado, 13 de septiembre de 2014

    Padres o propietarios? Angelo Scola

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    imagende Angelo Card. Scola, Arzobispo de Milán
    Algunos apellidos todavía revelan cómo el nombre del padre ha sido, durante siglos, el indicador de la identidad del hijo. En pueblos pequeños, como el mío, cuando dos o tres apellidos coincidían en toda la población, era normal que te identificaran con el nombre del padre: “Scola del Carlo”, me llamaban.
    Hoy existen clínicas que proporcionan espermatozoides o óvulos, en muchos casos rigurosamente anónimos, a parejas estériles, con un variado surtido.
    Sucede.
    ¿De quién son los hijos que nacerán de ahí? A pocos días de la sentencia del Tribunal Constitucional italiano que prácticamente ha abierto en este país la posibilidad de la fecundación heteróloga, un dramático suceso ha llevado esta pregunta a ocupar un primer plano, a la vista de todos, convirtiéndola en un ardiente tema de debate.
    Para aclarar las cosas hace falta, en mi opinión, partir de un poco más lejos, de la llamada “revolución sexual” de los años sesenta, cuando mediante la contracepción química se hizo técnicamente posible separar el acto conyugal de la procreación. Más tarde, con los métodos de fecundación asistida, tal separación se amplió después, introduciendo de hecho la incertidumbre acerca del vínculo paterno-filial.
    Los pasos de gigante dados por la tecnociencia han llegado incluso a desmentir la famosa sentencia latina: mater semper certa. La prensa italiana de los últimos días, comentando el doloroso intercambio de embriones en un hospital de Roma, ha lanzado una y otra vez, en diversas variantes, la misma pregunta: ¿vínculo afectivo o vínculo biológico? ¿Qué importa más?
    El entusiasmo por las increíbles metas alcanzadas en las últimas décadas por el progreso científico ha dado lugar a lo que alguno ha definido con genialidad como el imperativo tecnológico: “Si se puede hacer, se debe hacer”. Un interdicto que rápidamente está suplantando todo imperativo ético, convirtiéndose en costumbre.
    Sin embargo, antes aún que las decisivas cuestiones éticas puestas sobre la mesa por la fecundación heteróloga, hay que reflexionar sobre una capital cuestión antropológica: ¿lo que se obtiene es proporcionado a la verdad y a la dignidad del hombre?
    Existe el riesgo de que, persiguiendo la realización del sacrosanto deseo de tener un hijo, se pierda por el camino la conciencia de que el hijo es un don y no el producto de un proceso.
    Un dato fundamental de la experiencia humana común implica que el hijo sea concebido en una unidad inseparable de espíritu y cuerpo mediante un acto de amor conyugal. Si el hijo ya no es “recibido” sino “producido”, es inevitable que, como en todo proceso de producción, antes o después se plantee la pregunta relativa al “propietario”. Y las formas de este inquietante y siempre doloroso interrogante están destinadas a multiplicarse.
    Hay también otro dato que la mayoría de las veces se silencia. Los análisis más profundamente rigurosos nos dicen que la vida toma forma en los cuerpos instituyendo una relación originaria entre la madre y el concebido, relación determinante para el desarrollo afectivo y la salud psíquica del niño. Además, si la familia, en virtud de sus dos diferencias constitutivas –entre el hombre y la mujer, y entre las generaciones–, es el seno donde toda persona florece y madura, ¿estamos seguros de que una vez desarraigada y “reconstruida” de otro modo sigue siendo capaz de realizar esta función que le es propia?
    Pero, aún más allá, está la cuestión radical del significado de ser padres y madres. El hijo, desde el momento de su concepción, es “otro” respecto a sus padres, otro con la misma idéntica dignidad que sus padres. La concepción carnal, con toda su imponencia como “irrupción imprevista”, como un plus de amor en la vida de la madre y del padre, ¿acaso no es el signo más claro de tan irreductible alteridad? En su encuentro amoroso, los padres (la misma palabra lo dice) dan espacio a este “otro” para que pueda ser generado. Una apertura que remite al emblema mismo de lo humano: la libertad.
    El hijo, por tanto, es siempre y ante todo un don. Nada debería oscurecer este dato.
    Es deseable que, tanto en los debates públicos como en la vida de los esposos y de las familias, se profundice cada vez más en el derecho del hijo más que en el derecho al hijo.

    domingo, 24 de agosto de 2014

    Ucronia de Manolete. Antonio Burgos

     El caballo de bronce galopa en las Tendillas, que Gonzalo de Córdoba la cabeza ha perdido por una piconera de Romero de Torres y le han puesto una falsa, de mármol, de un califa, califa detl toreo en la ciudad de Góngora. De un casino de tratos y sillones de mimbre, de medios de moriles y culto a don Heraclio, ha salido a la una, con su chaqueta blanca, aquel que fue califa y aún ocupa su trono. Ha leído el diario donde Bernier ponía sus columnas antiguas de fustes califales, ha pasado los ojos que tantos toros vieron por esos telegramas que hablan de Almería, dos orejas, aplausos, las ferias del verano.Ha salido a la calle con el viejo desprecio de aquel que mira al mundo por encima del hombro. "Don Manuel, buenas tardes", quizá le ha saludado, uno de Bujalance que quiere ser torero, mientras va, despacioso, el bastón en la mano por calles que no saben ni que fuera Califa. Es Córdoba y verano, reloj por seguiriyas, muchachos que se bañan desnudos en el río. Del casino de siempre ya sale Manolete, olvidado, arrastrando sus pies por las aceras. Cual si fuera el estoque coge el puño de plata del bastón con que manda a este toro del tiempo
    Manolete fue gente en esto del toreo, califa entre califas las crónicas decían. K-Hito, cuántos sobres, dejó su tauromaquia escrita en laconismo de parte de victoria. Tomó la alternativa al terminar la guerra. ¿Quién se la dio? ¿Chicuelo, quizá Queipo de Llano? No sabría decirlo, que no estoy muy seguro que no fuera testigo quizás Millán Astray. Torero de postguerras aquel Manuel Rodríguez. Divisiones azules de opinión de tendidos. Toreaba por alto y los brazos ponía como los falangistas cuando cantan el himno. Hierático, templado, dominó en el toreo, verticalismo puro, sindical, tan de Franco. Carteles mano a mano, Arruza, El Estudiante, Gitanillo y su arte, Luis Miguel señalando con su dedo de orgullo que no existen califas. Lo prefirió la gente a aquel Manuel Jiménez que inventó cómo un seise se abre de capote. Tuvo su pasodoble, cosa que no tenía ni Pepe Luis, que era la gracia toreando.
    Este Manuel Rodríguez por las calles de Córdoba nos recuerda cortijos que en los lomos trajeron cien mil toros, salieron rodando con su espada. Los toros que quedaron en campos salmantinos salvados de peroles de ranchos milicianos. Torero de una España victoriosa, cautivos todos los enemigos que la Patria tenía. Corridas patrióticas, carteles con colores de banderas del Eje, brindando al Conde Ciano. Balañá, toros chicos, Matías Prats transmitiendo una manoletina igual que un gol de Zarra, y Camará firmando contratos imperiales en la España del cupo que dan esta semana del arroz racionado, las cartillas del hambre, los hoteles de lujo, coches de estraperlistas a los que llaman "haigas", carreteras de noche, este año cien corridas, y después lo de Méjico.
    Se retiró del toro de amor por Lupe Sino, una mata de pelo, un perfume, una llave que abre discretamente la noche en los hoteles. Una boda oportuna, dicen sus enemigos, que hasta los victoriosos generales de África no escapan a las jachas, la lengua de la gente. Una boda oportuna, que vienen arreando un Manolo González con padre fusilado, Antonio Bienvenida, aún Domingo Ortega, y el hijo, tan torero, del Niño de la Palma. Volvió, mas fue muy breve aquella temporada. Eran otros los tiempos, de Pedrés y Chamaco. Retirado en sus campos ahora pasa los días. Si acaso, de mañana, se llega hasta el casino. Ya murió Lupe Sino, ya murió Doña Angustias. Tiene muchos cortijos por la parte de Palma, acciones en un banco, negocios del aceite, y ha comprado lo menos tres bodegas en Rute.
    Tuvo muchas cornadas, como aquella en Linares. Lo salvaron las manos de Giménez Guinea y el plasma que trajeron de la explosión de Cádiz. Ninguna fue tan grave como ésta que lleva por Gondomar arriba, saliendo del casino. A sus ochenta años, encorvada la espalda, yo he visto a aquel califa por las calles de Córdoba. Va los pies arrastrando. Con su bastón de plata, Manolete resiste la cornada del tiempo...